Punto aparte

«Te voy a romper el corazón»

Y lo bien que hizo. Creo que tenemos que estar hecho ruinas por dentro para poder ver la realidad de las situaciones. Somos psicópatas por hecho. Por propia astucia. Porque nos gusta sentirnos sordos y ciegos ante lo adverso de los corazones ajenos. Por propia conveniencia. Nos encanta imaginar un futuro en el que nos quieren, y sobre todo, nos necesitan.

Tuve que arrancar la tarde (como siempre tan valiente) con algunos miligramos, de esos que te convierten en un freezer emocional. Y afortunadamente, también nos encaramos un cocodrilo con una cuchara. «No tomes si no sabes tomar». Aprendí a través de varios profesionales a saber tomar. A veces la decisión de no saber hacerlo es justamente eso, una decisión.

La tarde se va a ir yendo, y por suerte pronostican tormenta, como para acompañar este calvario de sensaciones que creía superadas. Así que tengo para un rato.

«El cerebro tiende a sentirse mal para sentirse alerta». Estaría bueno que por un rato me hagas la segunda. Que me ayudes a entender donde está el límite. Si tanto te interesa ponerte mal, por tu propio bien, ayudame a entender ese umbral de dolor. Necesito poder ver más allá de lo que entra por los ojos. Y que cuando lo vea, pueda pegar el grito a tiempo. Hoy estoy en una carrera donde la línea de largada son pastillas, donde la recta larga son litros de alcohol. Y por cada obstáculo que se cruza en la vía, voy perdiendo la carrocería. La línea de meta se ve medio borrosa, y cada vez que me acerco, me debilita y se aleja.

Recapacitemos.

La línea del dolor la tengo por el frente y por detrás. Hemos superado un quinto piso que se veía tentador para una tontería de una vez. Hemos aprendido del dolor más puro del abandono, de la costumbre, de la falta de respeto, de dramas dignos de película. Lo que no nos mató, nos hizo más fuertes. ¿Pero cuándo va a llegar ese tiro del final? ¿Cuándo nos vamos a dar cátedra a nosotros mismos de que no somos dueños de la voluntad de nada ni de nadie?

Nos esforzamos por dar lo mejor para la otra persona, al punto de abandonarla cuando sentimos que no vamos a ser suficientes. ¿Y si en algún punto fuimos los cagones de ese partido que podíamos ganar? Cuando tuvimos que armar y levantar el estandarte de la gloria, nos pusimos a pensar en que el otro bando no se enterara. Y nos fuimos.

Cuando vamos a hacer punto aparte y ponernos de acuerdo.

Mala mía

«Che, mirá que buena foto que te saqué. Compartítela. Parece la tapa de un álbum»

Pretendemos que el tiempo nunca nos va a poner la factura en la mesa. Que somos indestructibles hasta que un clínico te dice lo contrario. Suponemos que lo que está bien para nuestra conciencia, es la idea consecuente en el resto.

Nos rompemos para ver posible una solución. Porque de otra manera no aprendimos a manejarnos. No nos dejaron solos. Solos nos rompimos cada núcleo de sanidad que veíamos. Fuimos patéticos, insuficientes, idiotas.

En mi caso, vi una luz de destrucción que pretendía recomponer cada pieza de este organismo que cada 5 o 6 días, me dice que lo vaya rescatando.

El cuerpo y la mente son quienes realmente llevan el estandarte de la impunidad. Manejamos un trailer de construcciones nerviosas, de recuerdos, de reacciones desviadas. El corazón se parte y el cerebro tiene los binoculares puestos en brasas que saben lo que van a quemar. Teóricamente, el cerebro debe estar alerta para mostrarse útil.

Hoy te pido, por favor, que pares.

Me dieron un manual de instrucciones para una Lamborghini que suponía que ya sabía manejar. La estrellé como a los 29 kilómetros. Se prendía fuego y yo solamente quise salvar el volante. El motor venía con fallas. A veces levantaba. La mayoría de las veces de madrugada. Siempre estuve acariciando esa nave suponiendo que me iba a responder. Cual esperanza de pobre.

Más de una vez me sacó a pasear y rara vez me dejaba de garpe.

Al final me quedé con el volante y a ese animal se lo llevó un mecánico. Que desde el corazón que puede apreciar la sanidad de una bestia, le deseo que salga intacto. Y que el próximo chofer, por favor, nunca permitas que ese motor meta algún ruido más.

2027

De mi libro «Volví hace 2 meses de la gira, pero me olvidé la billetera».

A riesgo de desintegrar una inventiva que pretendo guardar para otras cuestiones más o menos artísticas, vamos a tratar de abreviar 20 meses de separación personal, intentando soltar únicamente los detalles más bíblicos del asunto.

Mili llegó en un Uber a las 2 de la mañana de un Viernes caótico como los últimos 50 y tantos. Años de rehabilitación no iban a verse comprometidos por un alma simbiótica, estructurada, licenciada y campesina. Pero ahí estaba, parado a un par de veredas de distancia de ese caótico ecosistema que me gusta llamar «Escalada».

«Che, el Uber me quiso levantar». Pleno 2019, con una ley necesaria pero aún inexistente, era un poco esperable. Y me pongo el delantal azul para decirle «Y quién no».

Esa historia quedará para algún párrafo. En esta madrugada de Domingo, este descaro va por la misiva de repasar los pozos que terminaron por detonar lo que ese «Titi pastillero» siempre deseó. Como la fortuna de un desahuciado, terminé encontrando la madurez del alma entre la élite campechana y descarada de Chascomús. Y como se despliega luego esta maquinaria de habilidades bien aprendidas.

Hija de político, hermana de abogado, elitista como lo proponía su propia carrera de odontología. Nerviosa, dichosa, reticente. Con un escáner vertical que daba vergüenza. No fue hasta después de comentar varias veces «Cambiá que está TN en la tele, prefiero ver a Ivan de Pineda delirando participantes random» que comenzamos a ponernos un poco de acuerdo en cuanto a la sociología de la conciencia y que la meritocracia estaba sobrevalorada.

Acuerdo que cada tanto se rompía, comprometido por el humor cotidiano. Pero bien, a lo que considero madurez del alma, saqué provecho de que el compendio de compromisos diarios no eran el monstruo abajo de la cama que esperaba. Un pequeño Godzilla quizás que provocaba que ese hermoso piso de parqué se convirtiese en una laguna de rocas y lava donde los dos íbamos saltando de espacio en espacio para no quemarnos, al grito de órdenes referentes al cuidado del 3 ambientes.

Cuidado que llevo adelante hoy en día (en mayor o menor medida, según el compromiso de Aurora de meter necesidades abajo de la bacha). Pero bien, la gata tiene su comida en su momento del día, no está castrada. Básicamente, goza de la salud propia de un adolescente en pleno medioevo.

Por mi parte, dos baños al día, probablemente tres comidas, unas cuatro sesiones de ejercicio semanales. Y una docena de litros de manija para curar el alma.

Cuestión, cuidados que desafortunadamente trasladé a lo mental.

Porque lo mental no puede estar fuera del foco real. Empecé como enfermero del Borda, y terminé como veinteañero pajín. Tomás una paciente psiquiátrica, recordamos que la vida es una y no la otra del más allá. Contamos los miligramos, comparamos marcas, profesionales. Prestamos divanes propios y extraños. Se convierte en cuestión de semanas (unas 3 o 4) en una relación de amistad, con derechos de piso bien incorporados. Y con una atención impertinente a una exclusividad teóricamente acordada.

Acuerdo que a este punto no tiene abogado ni juez. Contextualizando un poco con lo medieval, no existe ley que permitiese el control, ni lo impidiera. Shrek bien podría estar moviéndose al burro, que la princesa no se enteraría. Para este caso, la falsa Fiona está intentando que le gustase Lord Farqquad, cuando en realidad el pantano es su hábitat natural. Si, es así. La analogía es perfecta. Y sí, yo soy el enano del caballo blanco.

Me gustaría pensar que es imposible personificar un escudo gigante, repleto de flores, pastillas, sesiones de psicoanálisis, lecciones históricas, corazones. Pero existe. Y el boludo no se va a enamorar, pero tiene límites de consideración, resiliencia y desazón. Cada tanto tiene que lustrarse, reponerse y ponerse de lado. Al sol, al fuego y al alma.

Que dentro de cinco años, en 2027, lo único que me persigan sean las canas. No dejemos que estos tarados bien enseñados se desliguen de una responsabilidad no necesaria de calmar al mundo y servirles de apoyo.

No interesa lo que te pasó, importa lo que puedas armar de eso.

Caribe Mental

Caribe Mental

A modo de radio (pocas veces mejor dispuesto), la segunda entrega de este papelón literario juega a discreción personal. Hoy es el té (¡si señor!) el que va de preparador físico. Y si, la suma y exageraciones de paréntesis llevan el otro lado del arnés. Visito de a ratos la estufa cual gallina, sí, con lo que eso infiere también. Me acuartelé en lo que se supone mi espacio personal. Un libro de Verne nunca finalizado, un destornillador, lentes, cigarrillos macristoides, un joystick que ya juega el segundo suplementario y las guitarras convenientemente atestiguando el acontecimiento.

«¿Cómo estás?». A buscar el colectivo más próximo a la evacuación. «¿Sentado?», «Todo bien», «Tirando». Mi favorito: «todo bien, por ahora». Citando al genio de Barraza, «si querés paso en media hora y te pregunto de vuelta». Lo superficial de la respuesta queda (siempre) en primer plano, a sabiendas de que cada individuo puede tener veinte devoluciones distintas, pero elegimos la politicamente correcta, porque también la pregunta es una construcción sociocultural. En resumen, a quien te está preguntando, en el 80% de los casos, no le interesa.

Escapando un tanto de lo sociológico del asunto, en mi análisis de experiencia, se dispara una suerte de Chernobyl psíquico. Arranca el derrotero de alarmas, incertidumbre, informes y previsiones de daños colaterales. No puedo hacerme el distraído de haber escapado de una, pero más al fondo, sabía lo que quería decir.

Caso uno: devolución espontánea de reciprocidad. «Todo bien, vos que onda?».

No voy a negar que el mirar la pantalla automáticamente se convirtió en la ventana del living. Tampoco que tardé en encontrar una oración acorde a la falta de entusiasmo de lo que acababa de leer. Tenía un remo hundido en lodo hecho de Nutella. Pero va, que estaba bajando la guardia y el jab de derecha me pedía que lo suelte. Consultas afines a un probable encuentro que, bajo todo un prontuario de rechazos, no se iba a concretar. El proximo paso, dos tildes. A veces optimista, para mi la jugada fue de amarilla. Quedará a juicio del corresponsal de estrategias y bochornos sentimentales. El fallo, en los próximos días.

Caso dos: la superioridad como fundamento. «Genial! Y vos? Tus cosas?»

Todavía no defino la autenticidad de este caso, pero me la voy a jugar por experiencias previas.  No le interesaba en lo más mínimo. Pasarme papel de lija por la nariz no hubiese reflejado las ganas de refregarme un relativo éxito de sus nuevas vivencias. Se prolongó a lo largo del día, y aburriendo con las analogías, cada mensaje era una ficha de ajedrez, con la salvedad de que en la foto de perfil contraria figuraba Kasparov. Al mismo tiempo, y siempre de espíritu curioso, no me propongo tirar el tablero hasta tanto logre aclarar el panorama. Llegado al caso, si llegué hasta esta línea, es porque resoluciones escasean. Por si acaso, llevo mi escudo espejado. No ando con intenciones de volverme otra vez de piedra.

Caso tres: ya sabes como estoy. Dejá de mover la punta de la lanza.

Last but not least. Me han visto caído y probablemente haya utilizado todas las herramientas de respuestas automáticas al alcance. Ya extenuado, resolví saltearme lo correcto, ante una figura que representaría una unión de dioses griegos, congregados bajo Zeus. Las leyes de lo terrenal para lo terrenal. La «promiscuidad» como abanico divino. El tridente a lo emocional. El rayo, como castigo. Eventualmente, alguna uva como aliciente para acá, quien no tiene intenciones de semidios.

Fue hace unos días. Una cocina propició como oficina de aquella querella. El resultado: imitando a Quico en el baño. Lo único positivo de toda la secuencia, fueron esas lágrimas. Toneladas. Para bien o para mal, despertaron tramos de remordimiento.

Total, la culpa la tengo yo. Y así llegué a definir esta rehabilitación. Como el descanso de lo forzado. El humor que lo encaro como inclaudicable hasta que no existen enfrentamientos. Las funciones de confianza extrema desintegradas.

Empecé mi caribe mental.

Episodio uno.

Estoy acá después de que el cuerpo se pusiera a deliberar entre 0,25 de Diocam, un baño de agua fría, llamar a un psicólogo, a otro, al psiquiatra, a mi vecino, a algún familiar. Van ocho días de sintomatologías varias, que se van alternando según lo que apriete primero. Ex relaciones, trabajo, economía, estilo de vida. Parecería que la depresión agarra ese diario innombrable, cierra los ojos y donde cae el dedo, define el dolor.

Bah, ganaron los gramos y el chino tenía la birra en oferta.

Ya perdí la cuenta de las veces que pasó. La única que puedo llevar es la de años.

Tenía 24, o sea siete. Un Domingo choto, como todos. No se quien tuvo la genial idea de ir a una feria, siendo que históricamente creí que estaban hechos para dormir, o estaban de más en la lista de días de la semana. Ponele, una escapada a algún parque, un asado. Pero desde acá se contabilizan como la previa al arranque. El problema es definir el arranque de qué. A modo de analogía, es como empujar un rastrojero maltratado, que no se pone de acuerdo en que le pinta. Podía meter un Lunes de laburo intenso, prometedor, o quedarse tirado en el garage.

Cuestión, la feria.

Se sabe, hay gente, muchísima. Y ruido. Pochoclos, envoltorios de plástico, música cuyo estilo no podías definir de la cantidad de locales queriendo meter la quinta, y sumado a que ésta está sobre una avenida de día bastante transitada del conurbano, autos, bondis. Mucho de todo. Agarré el 19 de mi hermano y arranqué. Aquella novia (Caro), mi otro hermano Nabu (el de la idea, ahí me acordé) y yo.

Nos quedamos afuera apoyados en una pared con Caro, y empezó el cachengue.

Hasta pasadas las once de la noche, no paró de llegar gente al baile.

Un día de 30 grados a la sombra no es poco frecuente. El tema es cuando ese sofocamiento te raspa cada centímetro del organismo. Lo siguiente: una granada de humo a los ojos, o el mundo alrededor moviéndose al ritmo del «Fast Forward» de un VHS. Cuando querés cubrir un síntoma, vuelve el otro, y así.

El que define cada jornada de estos ataques, te hace correr 100 metros llanos cada dos minutos, manteniéndote parado en la misma posición. Y así como un atleta termina inclinado sobre sus rodillas, en este caso no rinde. Desde adentro, un boxeador dándole cada vez más rapido a una bolsa en forma de pera.

«Che, no me siento muy bien, vamos?». Lo primero es minimizarlo, hasta que alguien a quien le pagás para que te responda acorde, te dice que no es buena idea.

Estacioné ese Renault como pude, ni me acuerdo si adentro de la casa.

Mientras, todo el paquete de emociones seguía. Se sumaron las hormigas. Una colonia por extremidad. A los segundos de pisar el patio, frío versus calor golpeándose entre sí para ver quién tenía razón. Ninguno, porque intenté que la ducha mediara entre los dos y seguían sin ponerse de acuerdo.

«Javi, no me siento bien». Interrumpí una película (creo) que estaba compartiendo con un amigo. Me miró por el respaldo del sillón como cuando era chico. Y ese 19 arrancó volando por la misma avenida testigo de esa ansiedad imborrable, sin escalas al policlínico de Lomas. Las piernas de Caro como almohada, sus manos como ansiolítico. Luces y negro intermitentes. No sabía si llegaba o no.

A la altura del mostrador, la consciencia había pasado a un segundo plano, y entre quién no sé quién me atendió y quién dijo tal cosa, estábamos en la sala de espera. Los chicos tomándoselo con la liviandad supuesta de quién no ve a alguien con síntomas de catástrofe inminente. Yo mirando la puerta del consultorio, reclinándome sobre mi mismo y volviendo a chequear, casi como rezando. También a la consciencia se le escaba el paso del tiempo. El siguiente escenario, una camilla.

Suero, y a recostar por 40 minutos la sonrisa nerviosa con la que se entra al médico.

¿Viste cuando se pierde presión en la cabina en las películas, que por término parece algo bueno? Perder presión. Literal. En poco más de una hora, pasé de ser un temporal de inconsistencias mentales a esas mini lagunas que se ven en las rutas.

Volví. Intravenosas y sueño de por medio. La cama como el lecho cotidiano que debe ser. Al día, el rastrojero levantando sin rezongo. Pero no iba a tardar en fallar. De nuevo.

 

 

 

 

 

 

Era hoy

Pienso. Lo que en algun momento era un canalizador automático de arbitrariedades mentales, en ocasiones al trote de una ebriedad digna de hacerle frente a la mismísima gravedad, hoy es una represa de pieza de griferia. Iba sobre los 16. Hoy sobre los 31. Fue un consejo. Una firma de poco pulso sobre mí mismo de diversificar lo lúdico. No se que me entretiene. A veces las personas y las pastillas se combinan para frenar lo inexplicable. A veces no. No junté el material. Solamente (sobre)vivo mirando a los costados. Arriba. Aferrado a la cajita musical.

Fue hoy, fue anoche. Fue hace 13 meses. El relato, hace poco más de dos semanas. Mesa de por medio y algunos vicios. Cada letra desde esa boca una daga. Dejé que el cuerpo soporte, porque el coraje no quiso ser partícipe de combatir lo que realmente fue un sufrimiento. Desgarrador. La piel trenzándose entre sí a fuerza bruta, inclaudicable. Yo, egoísta desaparecido, batallando lo irremontable. Ella, el soldado que peleó la guerra desde un baño, un pasillo, un departamento prestado, llevandose las medallas a pesar de haber perdido. El más deshonroso de los primeros lugares.

Fue hace 13 meses. En una terraza lo acordamos. Después, errores pavos. Jugamos con fuego hasta incinerar la mente, la integridad y el afecto. Que claro que existió. Lo que dejó de existir a manos del juicio de la vergüenza fue el presentismo. Ocho meses. Y la factura detalla que los servicios de empatía, cordialidad, cariño, voluntad, dejaron de proveerse. La prueba: un mensaje en pseudo clave morse apodándola. Un «qué Mati» como recibo. 18 horas después «solamente quería saber como estabas». Y se giró la rueda por tercera vez. Despintada, sin opciones. El huso, un trozo de óxido. El chirrido de las chispas como música de bienvenida. El alcohol como presentador. El 26 haciendo de ambulancia del Borda. La habremos girado unas siete veces. En seis, alguno había perdido la brújula antes de la cita, sino ambos.

Fue anoche. Después de que una ambulancia saliera de circulación, llegué. Yo, el canchero. El del «pañuelito verde levantaminas». Para no perder la costumbre, yo había dejado la brújula en casa. Ella tenía algún problema con el imán, pero solo se había derramado un poco de ron. Una anécdota sobre el consorcio. De mi parte, detalles innecesarios sobre un rato antes. Después (y que maldito después) un audio de minuto y medio sobre un encuentro que terminó mal. Luego, el cagón, el forro, el desagradable, el que nunca cambia. El de las caras de superado. El aliado feministo. El mismo de antes y siempre. Intenté despertarla para irme, con la conciencia puesta en no tropezar y no errarle al recorrido. Y en que la rueda habia dejado de moverse para quebrarse. Me aconsejó que durmiera.

Fue hoy. Nueve de la mañana. Rodete. Camisa a cuadros. Gotas en los ojos. Y «los lentes sirven para llorar» como escudo por dentro. Taquicardias, clonazepam. Un te extraño que se esfumó cuando la racionalización del sentimiento se apoderó de la situación. La persiana del intento, baja. «Me parte».

Es hoy, que bastaría con llevarnos bien, con la expectativa de quién sabe que el resultado no va a ser suficiente.

Era hoy que tenía que invitarme al descargo.