Caribe Mental
A modo de radio (pocas veces mejor dispuesto), la segunda entrega de este papelón literario juega a discreción personal. Hoy es el té (¡si señor!) el que va de preparador físico. Y si, la suma y exageraciones de paréntesis llevan el otro lado del arnés. Visito de a ratos la estufa cual gallina, sí, con lo que eso infiere también. Me acuartelé en lo que se supone mi espacio personal. Un libro de Verne nunca finalizado, un destornillador, lentes, cigarrillos macristoides, un joystick que ya juega el segundo suplementario y las guitarras convenientemente atestiguando el acontecimiento.
«¿Cómo estás?». A buscar el colectivo más próximo a la evacuación. «¿Sentado?», «Todo bien», «Tirando». Mi favorito: «todo bien, por ahora». Citando al genio de Barraza, «si querés paso en media hora y te pregunto de vuelta». Lo superficial de la respuesta queda (siempre) en primer plano, a sabiendas de que cada individuo puede tener veinte devoluciones distintas, pero elegimos la politicamente correcta, porque también la pregunta es una construcción sociocultural. En resumen, a quien te está preguntando, en el 80% de los casos, no le interesa.
Escapando un tanto de lo sociológico del asunto, en mi análisis de experiencia, se dispara una suerte de Chernobyl psíquico. Arranca el derrotero de alarmas, incertidumbre, informes y previsiones de daños colaterales. No puedo hacerme el distraído de haber escapado de una, pero más al fondo, sabía lo que quería decir.
Caso uno: devolución espontánea de reciprocidad. «Todo bien, vos que onda?».
No voy a negar que el mirar la pantalla automáticamente se convirtió en la ventana del living. Tampoco que tardé en encontrar una oración acorde a la falta de entusiasmo de lo que acababa de leer. Tenía un remo hundido en lodo hecho de Nutella. Pero va, que estaba bajando la guardia y el jab de derecha me pedía que lo suelte. Consultas afines a un probable encuentro que, bajo todo un prontuario de rechazos, no se iba a concretar. El proximo paso, dos tildes. A veces optimista, para mi la jugada fue de amarilla. Quedará a juicio del corresponsal de estrategias y bochornos sentimentales. El fallo, en los próximos días.
Caso dos: la superioridad como fundamento. «Genial! Y vos? Tus cosas?»
Todavía no defino la autenticidad de este caso, pero me la voy a jugar por experiencias previas. No le interesaba en lo más mínimo. Pasarme papel de lija por la nariz no hubiese reflejado las ganas de refregarme un relativo éxito de sus nuevas vivencias. Se prolongó a lo largo del día, y aburriendo con las analogías, cada mensaje era una ficha de ajedrez, con la salvedad de que en la foto de perfil contraria figuraba Kasparov. Al mismo tiempo, y siempre de espíritu curioso, no me propongo tirar el tablero hasta tanto logre aclarar el panorama. Llegado al caso, si llegué hasta esta línea, es porque resoluciones escasean. Por si acaso, llevo mi escudo espejado. No ando con intenciones de volverme otra vez de piedra.
Caso tres: ya sabes como estoy. Dejá de mover la punta de la lanza.
Last but not least. Me han visto caído y probablemente haya utilizado todas las herramientas de respuestas automáticas al alcance. Ya extenuado, resolví saltearme lo correcto, ante una figura que representaría una unión de dioses griegos, congregados bajo Zeus. Las leyes de lo terrenal para lo terrenal. La «promiscuidad» como abanico divino. El tridente a lo emocional. El rayo, como castigo. Eventualmente, alguna uva como aliciente para acá, quien no tiene intenciones de semidios.
Fue hace unos días. Una cocina propició como oficina de aquella querella. El resultado: imitando a Quico en el baño. Lo único positivo de toda la secuencia, fueron esas lágrimas. Toneladas. Para bien o para mal, despertaron tramos de remordimiento.
Total, la culpa la tengo yo. Y así llegué a definir esta rehabilitación. Como el descanso de lo forzado. El humor que lo encaro como inclaudicable hasta que no existen enfrentamientos. Las funciones de confianza extrema desintegradas.
Empecé mi caribe mental.