Estoy acá después de que el cuerpo se pusiera a deliberar entre 0,25 de Diocam, un baño de agua fría, llamar a un psicólogo, a otro, al psiquiatra, a mi vecino, a algún familiar. Van ocho días de sintomatologías varias, que se van alternando según lo que apriete primero. Ex relaciones, trabajo, economía, estilo de vida. Parecería que la depresión agarra ese diario innombrable, cierra los ojos y donde cae el dedo, define el dolor.
Bah, ganaron los gramos y el chino tenía la birra en oferta.
Ya perdí la cuenta de las veces que pasó. La única que puedo llevar es la de años.
Tenía 24, o sea siete. Un Domingo choto, como todos. No se quien tuvo la genial idea de ir a una feria, siendo que históricamente creí que estaban hechos para dormir, o estaban de más en la lista de días de la semana. Ponele, una escapada a algún parque, un asado. Pero desde acá se contabilizan como la previa al arranque. El problema es definir el arranque de qué. A modo de analogía, es como empujar un rastrojero maltratado, que no se pone de acuerdo en que le pinta. Podía meter un Lunes de laburo intenso, prometedor, o quedarse tirado en el garage.
Cuestión, la feria.
Se sabe, hay gente, muchísima. Y ruido. Pochoclos, envoltorios de plástico, música cuyo estilo no podías definir de la cantidad de locales queriendo meter la quinta, y sumado a que ésta está sobre una avenida de día bastante transitada del conurbano, autos, bondis. Mucho de todo. Agarré el 19 de mi hermano y arranqué. Aquella novia (Caro), mi otro hermano Nabu (el de la idea, ahí me acordé) y yo.
Nos quedamos afuera apoyados en una pared con Caro, y empezó el cachengue.
Hasta pasadas las once de la noche, no paró de llegar gente al baile.
Un día de 30 grados a la sombra no es poco frecuente. El tema es cuando ese sofocamiento te raspa cada centímetro del organismo. Lo siguiente: una granada de humo a los ojos, o el mundo alrededor moviéndose al ritmo del «Fast Forward» de un VHS. Cuando querés cubrir un síntoma, vuelve el otro, y así.
El que define cada jornada de estos ataques, te hace correr 100 metros llanos cada dos minutos, manteniéndote parado en la misma posición. Y así como un atleta termina inclinado sobre sus rodillas, en este caso no rinde. Desde adentro, un boxeador dándole cada vez más rapido a una bolsa en forma de pera.
«Che, no me siento muy bien, vamos?». Lo primero es minimizarlo, hasta que alguien a quien le pagás para que te responda acorde, te dice que no es buena idea.
Estacioné ese Renault como pude, ni me acuerdo si adentro de la casa.
Mientras, todo el paquete de emociones seguía. Se sumaron las hormigas. Una colonia por extremidad. A los segundos de pisar el patio, frío versus calor golpeándose entre sí para ver quién tenía razón. Ninguno, porque intenté que la ducha mediara entre los dos y seguían sin ponerse de acuerdo.
«Javi, no me siento bien». Interrumpí una película (creo) que estaba compartiendo con un amigo. Me miró por el respaldo del sillón como cuando era chico. Y ese 19 arrancó volando por la misma avenida testigo de esa ansiedad imborrable, sin escalas al policlínico de Lomas. Las piernas de Caro como almohada, sus manos como ansiolítico. Luces y negro intermitentes. No sabía si llegaba o no.
A la altura del mostrador, la consciencia había pasado a un segundo plano, y entre quién no sé quién me atendió y quién dijo tal cosa, estábamos en la sala de espera. Los chicos tomándoselo con la liviandad supuesta de quién no ve a alguien con síntomas de catástrofe inminente. Yo mirando la puerta del consultorio, reclinándome sobre mi mismo y volviendo a chequear, casi como rezando. También a la consciencia se le escaba el paso del tiempo. El siguiente escenario, una camilla.
Suero, y a recostar por 40 minutos la sonrisa nerviosa con la que se entra al médico.
¿Viste cuando se pierde presión en la cabina en las películas, que por término parece algo bueno? Perder presión. Literal. En poco más de una hora, pasé de ser un temporal de inconsistencias mentales a esas mini lagunas que se ven en las rutas.
Volví. Intravenosas y sueño de por medio. La cama como el lecho cotidiano que debe ser. Al día, el rastrojero levantando sin rezongo. Pero no iba a tardar en fallar. De nuevo.