Era hoy

Pienso. Lo que en algun momento era un canalizador automático de arbitrariedades mentales, en ocasiones al trote de una ebriedad digna de hacerle frente a la mismísima gravedad, hoy es una represa de pieza de griferia. Iba sobre los 16. Hoy sobre los 31. Fue un consejo. Una firma de poco pulso sobre mí mismo de diversificar lo lúdico. No se que me entretiene. A veces las personas y las pastillas se combinan para frenar lo inexplicable. A veces no. No junté el material. Solamente (sobre)vivo mirando a los costados. Arriba. Aferrado a la cajita musical.

Fue hoy, fue anoche. Fue hace 13 meses. El relato, hace poco más de dos semanas. Mesa de por medio y algunos vicios. Cada letra desde esa boca una daga. Dejé que el cuerpo soporte, porque el coraje no quiso ser partícipe de combatir lo que realmente fue un sufrimiento. Desgarrador. La piel trenzándose entre sí a fuerza bruta, inclaudicable. Yo, egoísta desaparecido, batallando lo irremontable. Ella, el soldado que peleó la guerra desde un baño, un pasillo, un departamento prestado, llevandose las medallas a pesar de haber perdido. El más deshonroso de los primeros lugares.

Fue hace 13 meses. En una terraza lo acordamos. Después, errores pavos. Jugamos con fuego hasta incinerar la mente, la integridad y el afecto. Que claro que existió. Lo que dejó de existir a manos del juicio de la vergüenza fue el presentismo. Ocho meses. Y la factura detalla que los servicios de empatía, cordialidad, cariño, voluntad, dejaron de proveerse. La prueba: un mensaje en pseudo clave morse apodándola. Un «qué Mati» como recibo. 18 horas después «solamente quería saber como estabas». Y se giró la rueda por tercera vez. Despintada, sin opciones. El huso, un trozo de óxido. El chirrido de las chispas como música de bienvenida. El alcohol como presentador. El 26 haciendo de ambulancia del Borda. La habremos girado unas siete veces. En seis, alguno había perdido la brújula antes de la cita, sino ambos.

Fue anoche. Después de que una ambulancia saliera de circulación, llegué. Yo, el canchero. El del «pañuelito verde levantaminas». Para no perder la costumbre, yo había dejado la brújula en casa. Ella tenía algún problema con el imán, pero solo se había derramado un poco de ron. Una anécdota sobre el consorcio. De mi parte, detalles innecesarios sobre un rato antes. Después (y que maldito después) un audio de minuto y medio sobre un encuentro que terminó mal. Luego, el cagón, el forro, el desagradable, el que nunca cambia. El de las caras de superado. El aliado feministo. El mismo de antes y siempre. Intenté despertarla para irme, con la conciencia puesta en no tropezar y no errarle al recorrido. Y en que la rueda habia dejado de moverse para quebrarse. Me aconsejó que durmiera.

Fue hoy. Nueve de la mañana. Rodete. Camisa a cuadros. Gotas en los ojos. Y «los lentes sirven para llorar» como escudo por dentro. Taquicardias, clonazepam. Un te extraño que se esfumó cuando la racionalización del sentimiento se apoderó de la situación. La persiana del intento, baja. «Me parte».

Es hoy, que bastaría con llevarnos bien, con la expectativa de quién sabe que el resultado no va a ser suficiente.

Era hoy que tenía que invitarme al descargo.

 

 

 

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